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martes, 22 de febrero de 2011

Extractos de los libros de Alan Watts


El espíritu del Zen

Hasta hace poco tiempo el Budismo Zen era casi totalmente desconocido en Occidente, con excepción de unos pocos orientalistas cuyo interés por el tema era principalmente académico. [...]

El Zen es tan definidamente distinto de cualquier otra forma de Budismo, y hasta podría decirse de cualquier otra forma de religión, que ha provocado la curiosidad de muchos que normalmente no hubieran pensado en mirar hacia Oriente en busca de sabiduría práctica.

Una vez que se provoca curiosidad, no es fácil aplacarla, pues el Zen ejerce una particular fascinación sobre las cansadas mentes de la religión y la filosofía convencionales. Desde un comienzo el Zen se aparta de toda forma de teorización, instrucción doctrinaria y formalidades desprovistas de vida; éstas son tratadas como simples símbolos de la sabiduría, y el Zen está fundado en la práctica y en una experiencia íntima, personal, de la realidad que la mayoría de las formas de la religión y la filosofía no encaran más que como una descripción emocional e intelectual. No se quiere decir con eso que el Zen es el único camino verdadero que lleva a la iluminación; se ha dicho que la diferencia entre el Zen y otras formas de religión reside en que ‘todos los otros caminos trepan lentamente por las laderas de la montaña, pero el Zen, al igual que un camino romano, arroja a los lados todos los obstáculos y se mueve en línea recta hacia la meta’. Después de todo, los credos, los dogmas y los sistemas filosóficos son solamente ideas acerca de la verdad, del mismo modo que las palabras no son hechos sino que hablan acerca de los hechos; mientras que el Zen es una vigorosa tentativa de ponerse en contacto directo con la verdad misma, sin permitir que teorías y símbolos se yergan entre el conocedor y la cosa conocida. En cierto sentido el Zen es sentir la vida en lugar de sentir algo acerca de la vida; no muestra ninguna paciencia hacia la sabiduría de segunda mano, hacia la descripción que haga cualquier persona sobre una experiencia espiritual, o las meras concepciones y creencias. Si bien la sabiduría de segunda mano es valiosa como cartel que señala el camino, con demasiada facilidad se la confunde con el camino mismo, y hasta con la meta final. Son tan sutiles las formas en que las descripciones de la verdad pueden presentarse como la verdad misma, que el Zen es con frecuencia una forma de iconoclastía, una destrucción de las simples imágenes intelectuales de la realidad viviente, cognoscible solamente a través de la experiencia personal.

Pero es en sus métodos de instrucción donde el Zen es único. No hay en él enseñanza doctrinaria, ningún estudio de escrituras, nada de programas formales de desarrollo espiritual. Aparte de unas pocas recopilaciones de sermones de los primeros maestros Zen, que son las únicas tentativas de una exposición racional de sus enseñanzas, la casi totalidad de nuestros antecedentes de la instrucción Zen son un número de diálogos (mondo) entre los maestros y sus discípulos que parecen dedicar muy poca atención a las normas usuales de la lógica y el razonamiento sano, a punto tal que aparecen a primera vista como carentes de sentido. [...]

Pero el Zen no trata de ser inteligible, es decir, de poder ser comprendido por el intelecto. El método del Zen es desconcertar, excitar, intrigar y agotar al intelecto hasta que se perciba que la intelección es solamente acerca de; habrá de provocar, irritar y volver a agotar a las emociones hasta que se vea claramente que la emoción es solamente sentir acerca de , y luego discurrir, cuando el discípulo haya sido sometido a una impasse intelectual y emocional, sobre cómo salvar la brecha que existe entre el contacto conceptual de segunda mano con la realidad y la experiencia de primera mano. Para lograr esto pondrá en juego una facultad más elevada de la mente, conocida como intuición o Buddhi, denominada en ocasiones ‘Ojo del Espíritu’. Resumiendo: el Zen aspira a concentrar la atención sobre la realidad misma, en lugar de hacerlo sobre nuestras reacciones intelectuales y emocionales ante la realidad; siendo la realidad ese algo siempre cambiante, siempre creciente, que conocemos como ‘vida’, que jamás se detiene ni por un instante para que nosotros la hagamos encajar satisfactoriamente dentro de un rígido sistema de casilleros e ideas.

Es así como cualquiera que haga la tentativa de escribir sobre Zen, tiene que enfrentarse con dificultades insólitas: no puede jamás explicar, sólo puede indicar; tan sólo puede ir planteando problemas y proporcionando indicios que, cuando mucho, apenas alcanzaran a acercar al lector a la verdad, pero en el mismo instante en que trata de llegar a una definición exacta, la cosa se le desliza de las manos, y la definición termina siendo nada más que una concepción filosófica.

Texto: Alan Watts

Alan Watts - Conversaciones conmigo mismo

Alan Wilson Watts (6 de enero de 1915 – 16 de noviembre de 1973) fue un filósofo británico, siendo también editor, sacerdote anglicano, locutor, decano, escritor, conferenciante y experto en religión. Se le conoce sobre todo por su labor como intérprete y popularizador de las filosofías asiáticas para la audiencia occidental.
Escribió más de veinticinco libros y numerosos artículos sobre temas como la identidad personal, la verdadera naturaleza de la realidad, la elevación de la conciencia y la búsqueda de la felicidad, relacionando su experiencia con el conocimiento científico y con la enseñanza de las religiones y filosofías orientales y occidentales (budismo Zen, taoísmo, cristianismo, hinduismo, etc.)
Alan Watts fue un conocido autodidacta. Becado por la Universidad de Harvard y la Fundación Bollingen, obtuvo un máster en Teología por el Seminario teológico Sudbury-Western y un doctorado honoris causa por la Universidad de Vermont, en reconocimiento a su contribución al campo de las religiones comparadas.










"Somos un haz de luz o una colección de diferentes percepciones que se suceden con una inconcebible rapidez, y que están en un flujo y un movimiento perpetuo."

"Porque nada lo detiene, el curso de las emociones adquiere una cualidad particular de libertad, o "vacuidad", que los Taoistas y los Budistas denominan "ausencia de Ego", "no-mental", donde las reacciones naturales se suceden sin obstáculos, "como un corcho que flota sobre el curso del agua."

"Dar curso libre al sentimiento, es observarlo sin interferencia, considerarlo sin nombrarlo; es reconocer que su movilidad prohíbe comprenderlo en términos estáticos, lo que excluye igualmente juzgarlo según el bien y el mal."

"Considerada de esta forma la complejidad desconcertante de la naturaleza se vuelve una danza, sin otro objetivo que las figuras ejecutadas. Tomada de la ilusión del tiempo y de la finalidad, la danza y el ritmo extático de las cosas están ocultas, y aparecen como una caza, una lucha contra el retraso y el obstáculo. Una vez reconocido el no sentido último de esta caza, el espíritu se calma y percibe el ritmo del cosmos; descubre que la intencionalidad (intemporal) del proceso alcanza su fin a cada instante."

"Cuando el espíritu resbala a ocultas en una actitud receptiva, llega a ser gratificado de una percepción "mágica" del mundo. Las impresiones afectan los espíritus agitados y perpetuamente en búsqueda de algo y se hallan infelices interferidos por la velocidad a la cual ellos las reciben, si bien el ritmo de las formas del mundo pasa desapercibido, y que sus colores parecen aplanadas y sin irradiación interior."

"La existencia del sabio es una vida que se abandona sin cálculo al presente."

"Al mismo momento en que se desea coger el instante presente que pasa afín de sacar algo, éste parece escaparnos.
Quien sea que busca sacar algo de su experiencia presente se encuentra separado por esta misma: es sujeto, y ella es objeto. No ve que el ES esta experiencia, y que esforzarse de sacar algo viene a ser perseguirse a sí mismo."

"Si bien todas las cosas resuenan en el espíritu, el espíritu debería queda como si no hubiera jamás resonado a las cosas, éstas no deberían quedar en él."

"El punto mas elevado que un hombre puede alcanzar es la sorpresa. Cuando un fenómeno originario suscita en él sorpresa, se debe estimar satisfecho. Nada más grande puede serle concedido, no podría buscar más allá."

"Definir significa fijar y, en última instancia, la verdadera vida no es fija ni estática."